A Dolores Veintimilla de Galindo, la poetisa quiteña, la conocí en el aula escolar, en la clase de literatura ecuatoriana. Luego, en la tertulia familiar y muy después en la madurez de la vida, la encontré en los libros escritos en el siglo XX entre ellos y el que me llevó a hurgarla en los archivos históricos de Cuenca y Guayaquil fue Dolores Veintimilla de Galindo Asesinada de G.H. Mata, llegando a convencerme de que detrás de esas páginas amarillentas carcomidas por el tiempo pero no indiferentes porque sirvieron para que ya entrado el Siglo XXI nuevas plumas desempolvaran las viejas escrituras, había un ser humano inmenso al que la historiografía oficial le había bautizado como Dolores Veintimilla de Galindo: poeta, precursora del romanticismo, triste, abandonada y de propiedad de un señor de apellido Galindo, siguiendo la vieja práctica social de que el varón es el propietario de todo, incluso de otras personas, como hijos y mujer, cuyas raíces respondía a un sistema legal y social patriarcal.